El Vampiro (Blade: The Edge of Darkness)

Se acerca la festividad del terror, mi favorita del año, y muchos creadores de contenido se están poniendo las pilas para traer contenidos acordes a estas fechas. Este no iba a ser el caso de Save Game? (Algo que no os debería extrañar dada mi trayectoría), menos teniendo en cuenta que aún sigo adoleciendo esta fase de estreñimiento creativo que me ha llevado a dejar a medias un par de entradas que prometían pero cuyo resultado no estaba siendo de mi agrado. Tampoco tengo ahora mismo en mente ningún videojuego de terror que pudiese servir para amenizar la fiesta de Halloween puesto que TheSevenSpieguel no me deja comprarme el Vampire The Masquerade Swansong (El «vampiritriquis») y hasta el mes que viene no sale la próxima entrega de The Dark Pictures. Pensé en darle una segunda oportunidad al Blair Witch Project, cosa que todavía no descarto, aunque el recuerdo de abandonarlo tras un par de horas porque me estaba pareciendo un mojón no es que sea el mejor aliciente para reintentarlo. No obstante, sí que estoy más en sintonía con las series y el cine de terror, es más, estoy viendo ahora mismo la serie de From de HBO Max y me está pareciendo cojonuda, pero os tocará joderos y no tendréis una entrada fresquísima al respecto porque este blog es de videojuegos y solamente me pagan por hablar de ellos. Pero tranquilos que no todo está perdido A colación de la temática de la serie y tras leer recientemente la entrada del Pepino sobre uno de los mayores GOTY de la vida, así como la entrada de Ishtar Vega sobre el remaster del GOTY, pensé que sería buena idea hablar de un personaje de dicho juego que hace años quise traer al blog (Cuando este lugar era un vergel prolífico de creatividad ludonarrativa y no una casa de putas) pero que dejé en el tintero.

Hoy voy a hablar de vampiros, pero no de vampiros maritrujis que brillan a la luz del sol y que se pelian por jincarse a la adolescen más anémica y descafeiná del instituto. No, hoy voy a hablar de criaturas terroríficas del averno que no dudarán ni un segundo en desmembrarte y en hacerse un rosario con tus recién extirpadas gónadas. Tal y como hice en su día con La Matanza de Stratholme, en un claro alegato a «situaciones de terror en videojuegos que no pretenden ser de terror», os voy a hablar del Vampiro de Blade: The Edge of Darkness (Sí, ese juego que todo el puto mundo, inculto, no conocía y que cada vez que lo sacabas a debate te decían: «¿Eze ez el juego de la peli del vampiro negro?». Lo que tenéis negro es el alma por no haber jugado nunca al Bleid). Antes de empezar quisiera dar mis disculpas de antemano por el escaso montaje audiovisual de la entrada pero es que es jodidamente imposible encontrar material gráfico ilustrativo de este juego.

El arte promocional del Blade ya te deja entrever que en el juego habrá mucho cadáver de por medio.

Quien me conozca sabrá que el Blade es uno de los videojuegos de mi vida. Tal es así que fue uno de los primeros videojuegos que traje a este blog en un adefesio de entrada que hoy en día da putísima vergüenza leer pero que os comparto por aquí para que sepáis que no me escondo de mi pasado y que soy completamente respetuoso con el contenido legacy del blog. Cambiando de tercio, la cuestión es que yo el Blade lo jugué muy de crío, cuando tenía unos 9 o 10 años (Mejor el Blade que el Fornite o el Maincraft desde luego), y lo cierto es que no había jugado a nada parecido antes. Supongo que por aquel entonces habría algún juego similar en ese desconocido mundo que era para mí el PC (Aunque a día de hoy siga sin saber de ningún juego con las mismas características de la época), pero para mí Blade fue una experiencia única y totalmente novedosa. El juego me fascinaba, pero a la par también me acojonaba, hasta el punto de llegar a meter alguna derrapada en los calzones en según que momentos del juego. Reconozco que por aquel entonces era bastante caguetas pero eso no quita que, pese a no ser un juego de terror propiamente dicho, pues por género lo podríamos encasillar en el ARPG de fantasía medieval oscura, el título acojonara un rato: Blade presentaba escenarios tétricos y oscuros con unos gráficos inmersivos en tres dimensiones, cuando jugabas te invadía un sentimiento de soledad al recorrer sin ayuda esos parajes inhospitos, era una constante el miedo de que al doblar una esquina una trampa de cuchillas o un grupo de enemigos te rebanara la cabeza (Sí, en el juego había unas buenas dosis de sangre y desmembramientos), era la seña de identidad del juego una jugabilidad exigente que hacía que temieses a la más endeble de las criaturas… Joder, es que recuerdo jugar al Blade con el culo tan apretado que hubiese sido imposible enebrar una aguja por mi ojete. Si hasta hoy en día recuerdo los putos gritos de los orcos mayores acercándose desde las sombras de la infinidad de veces que hicieron morcillas con las tripas de mi personaje…

El gore en forma de paredes teñidas de sangre y desmembramientos es algo que está a la ordén del día en Blade.

Pero bueno, al final te acostumbrabas a todo eso y, gracias a una opción de Quicksave que te confería bastante seguridad, ibas pasando con pies de plomo los distintos niveles iniciales. Y entonces, tras cargarte algunos orcos, caballeros caídos, zombis y hasta un esqueleto en llamas que daba bastante por culo, llegabas al quinto nivel, la Isla de Karum. Karum es para mí, y probablemente para muchos otros que hayan jugado a Blade, un punto de inflexión dentro del juego. Es cierto que el escenario no es nada del otro jueves: una fortaleza tétrica y abandonada infestada de esqueletos y caballeros zombi, enemigos ya más que conocidos a esas alturas del juego tras haber superado las Tumbas de Ephyra. Pero lo que marca en Karum la diferencia es el enfrentamiento final del nivel, un enfrentamiento que supone un antes y un después en lo que a dificultad se refiere y que, para mí, es el enfrentamiento más duro del juego, más que un cuerpo cavernoso a pleno rendimiento, pues se produce una combinación bastante truculenta que suma la inexperiencia del jugador, el escaso armamento del personaje y un enemigo final jodio de cojones. Concretamente hablo del primer enfrentamiento contra El Vampiro.

La entrada en escena del Vampiro hacía (y hace) que los huevos se me arrugasen como pasas y se me pusiesen de corbata.

Tras una breve, pero acojonante, cinemática, se nos presentaba un personaje bastante intimidante que por su aspecto parecía sacado de Silent Hill: un ser humanoide con un cuerpo deshollado en el que se veía una musculatura de aspecto sangrante y que llevaba una máscara metálica, bajo la que asomaba una sonrisa llena de afilados dientes, y una hombrera con largas púas de acero. Sumado al terrorífico aspecto de su fisionomía, se añadía un armamento que consistía en una especie de guadaña/alabarda que rezumaba sangre y un escudo de enormes y obtusas puas, que si te descuidas también sangraba. Para más inri, el muy cabrón se desplazaba andando de una forma muy peculiar que daba bastante mal rollo, encorbado y con un paso sinuoso, que alternaba con gráciles movimientos y rápidos ataques. Vamos, como si la más temible de las menstruaciones tomara forma humana y te atacara. De verdad, con este cabronazo tuve hasta pesadillas recurrentes siendo niño.

Hay que reconocer que el diseño de esta criatura es, cuanto menos, chungo de cojones.

Pero ya no solo es que el bicho fuese malrollero de narices, sino que el combate, como comentaba, era muy jodido. El Vampiro no solo metía unas hostias como panes a la velocidad del sonido, sino que cada hostia que te encajaba hacía que se curara vida y su escudo, sí ese que tenía unos pinchos enormes, era mucho más resistente que los que portaban los enemigos convencionales a esa altura del juego y cada vez que bloqueaba te hacía daño y, para variar, te robaba vida. Vamos, un auténtico monstro’ de los pies a la cabeza. En este enfrentamiento estuve bastante tiempo atascado, hasta el punto que abandoné la partida varias veces para jugar el contenido previo con otros personajes (Y eso que de entrada lo enfrenté con el Caballero, que para mí es el personaje más tocho del juego). En resumidas cuentas: un combate de lo más guarrindongo.

Solo de ver cómo se movía el Vampiro ya te ibas por la pata abajo.

Al final, tras muchos intentos, con paciencia y con saliva, como todo en esta vida, pude sobreponerme y derrotar a tremebundo jefe. Pero la pesadilla no acababa aquí, ya que el cabronazo, tras el combate, no moría sino que huía a lomos de un dragón mientras amenazaba con ir a buscar su primo el Charly, más poderoso que él si cabe, para vengarse. Y tanto que funcionó la amenaza. La sombra del Vampiro me continúo persiguiendo en los siguientes niveles del juego ya hizo que jugara intranquilo, y hasta acojonado, por si me volvía a asaltar y a sodomizar de forma imprevista tal criatura del averno. Bastante más adelante, el Vampiro cumple con su amenaza y vuelve a atacarte (Hasta hay una fase en la que te has de enfrentar a dos de estos al mismo tiempo), pero en esa segunda ocasión es a él a quien la toca comer rabo. En el segundo enfrentamiento tu personaje ya va mamadísimo, más fuerte que un chupito de gasoil microfiltrado, y de media hostia le partes el escudo por la mitad y le pones a todos sus musculitos mirando para cuenca, borrando de un par de golpes a la leyenda negra que te había acosado durante más de medio juego.

Al final el mamonazo huye en un dragón bastante enjuto y desproporcionado, dejándote un mal sabor de boca y el temor de que te lo puedas encontrar en cualquier esquina de los niveles venideros.

Aunque el puto Vampiro siempre será una mancha oscura y un mal recuerdo en mi memoria, visto con perspectiva y tras haberme pasado otras tantas veces más el juego, he de reconocer que tampoco es para tanto (Tal y como me ocurrió con La Matanza de Stratholme). Entiendo que aquel mal trago no es más que el fruto de la niñez y la falta de experiencia a los mandos. Pero, permitid que saque mi lado más ludonarrativo y menos obsceno, no deja de ser curioso cómo según en que momento de la vida nos encontremos puede llegar a influcenciarnos de una manera tan visceral algunas experiencias jugando a videojuegos. En partidas posteriores me he cargado al Vampiro sin mayor dificultad, cosa de un par de intentos y sin demasiada complicación, haciendo uso de una Poción de Poder o utilzando de forma correcta los combos del personaje y aún así, aún habiendolo reventado un montón de veces, es un enfrentamiento que aún veinte años después no puedo evitar afrontar nervioso y con cierto resquicio de acojone. Tal vez no me ensuciaré los calconcillos de mierda como aquella primera vez pero respeto, lo que se dice respeto, aún le tengo un rato al Vampiro de Blade: The Edge of Darkness.

3 comentarios sobre “El Vampiro (Blade: The Edge of Darkness)

  1. Maldita sea Arald, leer tu entrada me ha hecho querer jugar a este juego, que tengo tremendamente pendiente. Aunque en mi defensa diré que como a ti, me cuesta horrores ponerme con el ordenador a jugar cosas precisamente, pero bueno…

    La verdad es que muy interesante crónica la del vampiro, muy acorde con los vampiritriquis y parece el típico enemigo que pone fin al tutorial mecánico del juego, cosa que me parece guay. Eso si, una lastima que luego el y el charli no den la talla… Pero bueno… Aun así ha sido toda una entrada muy interesante, que me insta a querer un remake de aquella entrada del blade, que en cuanto pueda me pasaré a leer.

    Un besito, un choque de tulas y excelente lectura para cuando uno hace sus necesidades en el urinario. Un saludo 😀

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Muchas gracias por pasarte a comentar y a mostrar tu tula amigo Spi! Sí, Blade es un juego al que tienes que jugar sí o sí, más ahora que no hay excusa gracias a la versión remaster que suele estar por menos de 10 euretes en Steam. Si lo rejuego, algo que no descarto pues ando unos días dándole muchas vueltas a darle un poco de vacaciones a la Plei para poder rejugar viejas glorias en el PC (A ver si me acuerdo de cómo se jugaba con eso de teclado y ratón o, al menos, puedo enchufar un mando y jugarlo con ello), no descarto traer un remake de aquella entrada añeja, propia de un puber del blogueo, adaptada a los tiempos tulescos modernos.

      Un besito y gracias de nuevo por comentar y leerme mientras defecas, pues estás compartiendo conmigo uno de los momentos más íntimos de tu día a día ¡Un saludo!

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