¡Especial 100 Entradas! – Final Fantasy IX: Mi Mundo de Fantasía

Cuando me preguntan por qué Final Fantasy IX (FFIX) es mi videojuego favorito muchas veces me cuesta dar con una respuesta. Siempre me ha resultado difícil expresarme en lo que a hablar de sentimientos propios se refiere, y hablar de FFIX implica hablar de un sinfín de sentimientos y emociones. FFIX no es mi videojuego favorito por su historia, por sus personajes, por su factura técnica ni por sus mecánicas. Evidentemente todos esos elementos pueden sumar, pero ninguno de ellos es equiparable a ese conjunto de emociones únicas que vivió aquel niño que empezaba a tantear en el mundo del JRPG y que se vio hechizado por esa magia que emanaban las calles de Alexandría una noche de teatro. Y es que si me dijeran que describiese FFIX en una sola palabra esta sería magia. Creo que algo de esto ya dejé entrever en la entrada La Vida en Videojuego.

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Si bien no era un completo amateur en la famosa franquicia de Squaresoft, pues previamente había jugado a Final Fantasy VII y a Final Fantasy VIII quienes me habían enseñado que el JRPG, y concretamente el JRPG por turnos, era «mi género» de videojuegos, nunca había llegado a sentirme en comunión con ninguna de estas obras tal como lo haría con FFIX. Tal vez fue esa estética «infantil», diferenciadora respecto a los anteriormente citados, la que hizo que Yitán y compañía entrarán con tanta fuerza a través de mis ojos a primera vista. Estética que, ya de adultos, algunos tachan de responsable de que esos temas tan trascendentes que trata FFIX a través de su argumento parezcan empañados.

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Y sí, el argumento de FFIX reflexiona y gira en torno sobre cuestiones tan importantes y trascendentes para el ser humano como son la vida y la muerte, pero cuando yo conocí esta obra para mí eran cuestiones fútiles, pues no tenía la madurez suficiente para comprender la magnitud y el alcance de dichas reflexiones. No sería hasta varias partidas después de aquella primera, con el paso de los años, que empezaría a comprender ese mensaje tan bonito e importante que quiere transmitirnos FFIX, esa oda a la vida que es la obra de Squaresoft. Y es que FFIX es un videojuego que ha crecido conmigo, un videojuego que con cada año que pasaba y cada vez que lo re-jugaba me enseñaba alguna valiosa lección o algún detalle de su argumento que había pasado por alto. Algo que ha seguido haciendo incluso en mi última partida el año pasado.

Volviendo a esa magia que comentaba al inicio del texto, no es muy extraño que diga que Vivi, el joven mago, fuese desde el primer momento mi personaje favorito del juego. No por nada en especial, no voy a colgarme la medalla de que fue gracias a su historia, su evolución a lo largo del juego y a su rico trasfondo porque yo no entendía nada de esto, fue por el simple hecho que, como yo, era un niño, y ese fue el elemento que nos hizo conectar. Un niño que como yo estaba perdido en un mundo de adultos que no alcanzaba a comprender. Si bien es cierto que Vivi sea tal vez el personaje mejor construido y con una mayor evolución en el desarrollo de la obra, yo esto no lo llegué a entender hasta que me hice un poco más mayor. Que saltase un importante número de diálogos en pos de poder controlar de nuevo a los personajes para explorar y combatir tampoco ayudaba demasiado a que me hiciese un constructo sólido del argumento del juego y de sus personajes durante mis primeras incursiones con FFIX, pero a fin de cuentas era un niño que se dejaba llevar por la embriaguez que producía esa aura de magia que desprendía el universo de esta obra. Un videojuego tiene que tener algo especial para que, pese a no comprender sus puntos fuertes, cale de ese modo en tu ser.

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Y me gustaría aprovechar tan especial entrada para recordar algunos de mis momentos favoritos de FFIX, todos ellos pertenecientes a esos dos primeros discos donde imperan esa fantasía desenfadada que tan buenos recuerdos me trae. No es que no me gusten los discos tres y cuatro, pues ahí es donde empieza «lo bueno», argumentalmente hablando, pero ese corte más maduro que toma el juego a partir de este punto termina por comer terreno a esa fantasía que de niño tanto me cautivó. He escogido cuatro momentos, tarea bastante ardua porque cuando me había puesto a escribir había empezado a narrar los acontecimientos prácticamente en su totalidad, y es que como os digo la magia que inunda estos primeros compases de la obra esta patente prácticamente en cada rincón del escenario. Elegiría todos los momentos del juego, sin exagerar, pero no terminaríamos nunca.

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En primer lugar me gustaría recordar la puesta de escena de FFIX que ya denotaba que íbamos a estar ante un título especial, pues el carácter cómico y fantástico de la misma contrarrestaba bastante con la puesta en escena, más centrada en la acción, que ofrecían las entregas previas (y posteriores) de esta saga. Ese inicio planificando las fechorías de la banda Tantalus, el recorrido de Vivi por las calles y tejados de Alexandría para colarse en el castillo y la obra de teatro me recordaron muchísimo a esos libros de aventuras que tanto me gustaban de pequeño. El minijuego del duelo donde escuchamos por primera vez esa canción tan patria llamada Vamo’ alla flamenco, los efectos especiales durante las batallas del teatro (Yo fui de los que fue de listillo diciendo «¡Que no es PiRRo! ¡Es PiRo!». En fin…), el patoso Batallón Pluto comandado por Steiner… El mimo en cada detalle se hacía de notar por lo que no era nada extraño que esta magnífica introducción calase hondo en mí.

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Y de aquí saltaría al segundo disco, en concreto a Cleyra, mi localización favorita de FFIX tanto por su concepto como por su diseño. Por una parte, Cleyra para mí también representaba la vuelta a la fantasía de los inicios del juego, truncada un tanto por los sombríos acontecimientos acontecidos en la Gruta de Gizamaluke y en Burmecia. Quedé completamente fascinado la primera vez que descubrí que en la cima de aquel árbol, protegida por esa majestuosa tormenta de arena, se escondía una ciudad con el encanto de un oasis en medio del desierto. Este diseño siempre me ha parecido espectacular y de lo más cuidado de todo FFIX. Fantasía en estado puro.

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Además, en esta localización tiene lugar una de las escenas que más buenos recuerdos me trae, tanto por su música como por su contexto, el ritual para avivar a la tormenta de arena. En mi ignorancia infantil (alimentada por saltar los diálogos) estuve culpando durante mucho tiempo a Freija de que el ritual fracasara y la tormenta de arena se disipase. Sinceramente creía que como Freija no vestía igual que las sacerdotisas ni era una de ellas había sido la culpable de que fracasara el ritual… Bueno, cambiando de tema, mención especial a ese recorrido de ascenso al árbol, con los puzzles de la arena para conseguir algunos cofres, y el enfrentamiento con ese enemigo clásico de Final Fantasy: Antoleón. Una lástima el destino que le esperaba a tan hermoso lugar…

En tercer lugar me reservo la primera vez que llegamos al Continente Exterior. Después de tantas aventuras bajo el yugo de la niebla fue toda una revelación descubrir que más allá de ese continente bautizado con el nombre de dicho fenómeno atmosférico, el único que conocíamos hasta el momento, se extendían unas vastas tierras misteriosas. Esa sensación de libertad, de respirar aire libre, similar a la que se siente cuando se abandona Midgar por primera vez en FFVII, la revivo en cada partida cada vez que abandono el Pasaje de los Fósiles hacia esas nuevas tierras de misteriosas estructuras, como Conde Petie o Madain Sari, y entrañables habitantes. Maravilloso.

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Y para terminar, me he reservado mi momento favorito para el final. Regresamos al primer disco para asistir a la Gran Cacería de Lindblum. Este evento me fascinaba de niño porque desde el primer momento que puse los pies en aquella ciudad pude sentir el bullicio de la multitud ansiosa por ese festejo tan de corte medieval y fantástico. Y es que recorrer las calles de la majestuosa ciudad gobernada por el Gran Duque Cid te hacía sentirte participe de aquel evento. No he visto en ningún otro videojuego en el que se transmita ese sentimiento del mismo modo. Lindblum estaba verdaderamente viva.

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Tal vez tal asociación la hago porque la primera vez que llegué a este punto fue un domingo, el día festivo por excelencia para poder disfrutar de los videojuegos durante mi infancia. Fiesta con ámbito festivo llegué a hacer la festividad propia. Hasta recuerdo como, después de ganar la cacería con Yitán (Me importaba más bien poco ese Anillo de Coral que no perdonaría en ninguna partida posterior), fui a redactar mi propio título de campeón de la cacería para enseñárselo con orgullo a mis padres. No será el mejor momento, pero los recuerdos que me trae cada vez que lo revivo, cada ve que escucho su banda sonora (Hunter’s Chance), no tienen precio.

Y llegados a este punto creo que voy a dar punto y final a esta entrada número cien. Podría explayarme mucho más, llenar páginas y páginas sobre FFIX y lo que significó para mí, pero el mensaje que quería transmitir con esta entrada tan personal y especial no precisa más que estos pocos renglones. FFIX, al igual que muchos otros videojuegos, no será perfecto, y para muchos siquiera será una obra maestra, pero para mí es el videojuego que cambió mi vida.

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