Los Primeros Pasos del Maestro Pokemon

Estrenamos sección, en esta ocasión con la franquicia Pokemon como protagonista, y que mejor forma de hacerlo que relatando como viví aquellos tiempos maravillosos en los que Pokemon entro a formar parte de las vidas de toda una generación. Hace veinte años, miles de niños salieron a la calle, GameBoy en mano, persiguiendo un sueño: Convertirse en unos auténticos maestros Pokemon. Estos niños tenían el siguiente lema muy presente: «Llegaré a ser el mejor, el mejor que habrá jamás… Mi causa es ser entrenador, tras mi gran prueba real… Viajaré a cualquier lugar, llegaré a cualquier rincón… Al fin podré desentrañar el poder que hay en Pokémon…«

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Todos estos niños se embarcarían en una gran aventura llena de retos, en la que descubrirían multitud de parajes y criaturas exóticas y en la que harían muchas amistades. Una aventura que jamás olvidarían. Y así es como llegó el fenómeno Pokemon a nuestras tierras, inicialmente de forma sutil y posteriormente con la fuerza de un torrente que aún se siente a día de hoy con cada nueva entrega de la ya mundialmente conocida franquicia.

Cuando hablamos de los inicios de Pokemon en España a veces surge la duda de qué llegó primero, si la serie de animación o los videojuegos. Según Wikipedia lo primero en llegar fueron los videojuegos (Noviembre de 1999) y posteriormente la serie (Diciembre de 1999), pero al menos en mi entorno los videojuegos pasaron un tanto desapercibidos inicialmente.

Existen muchos artículos, verdaderas investigaciones, de por qué caló tan fuerte este fenómeno en la juventud de finales de los 90. En mi humilde opinión, basada en lo que yo experimenté, esto fue debido a que Pokemon ofrecía a los niños ese protagonismo que tanto anhelaban a la sombra de los adultos. En Pokemon los verdaderos protagonistas, los aspirantes a campeón, son los niños. Y que mejor forma de transmitir esta idea que con una historia protagonizada a la par por tan entrañables y variadas criaturas.

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Con los 151 Pokemon de la primera generación había la suficiente variedad como para que cualquier niño se sintiera identificado con uno u otro. Atendiendo a esto, ¿qué niño de aquel entonces no deseaba despertar y encontrar en el cajón de su mesita de noche una PokeBall con su Pokemon favorito en el interior para empezar de ese modo su gran aventura Pokemon? La de veces que desperté por la mañana pensando que, al igual que sucedía con Ash, ese día iba a ser el que mi madre me diría que había llegado la hora de escoger un Pokemon para poder de este modo iniciar esa gran aventura.

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En mi entorno, esa confluencia de elementos y sentimientos fue la responsable de que, una vez estábamos bien empapados de Pokemon gracias a la serie de animación, los tazos, los cromos, las cartas… y muchos otros elementos relacionados con la franquicia, cuando empezaron a aparecer los videojuegos estos entrarán a formar parte de aquel colectivo con una fuerza tremenda. Del día a la mañana, todo el mundo tenía una Game Boy y todo el mundo jugaba a Pokemon. En cierto modo el sueño se había hecho realidad.

Gracias a los videojuegos de Pokemon cada uno podía emprender su propia aventura Pokemon y llevarla tras de sí gracias a la portabilidad de la consola que acogía al título. Creo que nunca después he llegado a vivir y a presenciar tal movimiento social en torno a un videojuego. Tal vez las cifras digan lo contrario, pero pienso que en magnitud y sentimiento los recientes movimientos que ha habido en torno a videojuegos como League of Legends o Fornite no se pueden comparar con lo acontecido con Pokemon, teniendo en cuenta un contexto social en el que el videojuego no estaba para nada tan establecido en la sociedad como en el presente. Era sorprendente en aquel entonces ver como esa persona que jamás había jugado a un videojuego, y que pasados un par de años no volvería a tocar un videojuego o que incluso se burlaría de aquellos que jugaran a videojuegos, tenía una GameBoy y jugaba a Pokemon. Y sí, por desgracia me encontré con más de uno de estos que pasaron de ser compañeros de juego a ser un adjetivo que me quiero ahorrar por evitar palabras malsonantes.

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Pero realmente el culmen de todo esto y el máximo esplendor del fenómeno en mi entorno se alcanzó en 2001 con el lanzamiento de Pokemon Oro y Pokemon Plata, también para GameBoy. Hasta entonces mi contacto con el videojuego había sido esporádico y de la mano de algunos amigos que poseían la consola. Yo en esa época únicamente tenía la PlayStation y mis padres eran bastante reacios a todo lo relacionado con consolas y videojuegos, por lo que la compra de la GameBoy se antojaba difícil de entrada.

En este punto podría contar de nuevo una de esas anécdotas que tanto me gustan, de un «intercambio prodigioso», al mas puro estilo Videojuegos que han hecho que me compre una Consola (IV) – Paper Mario y… ¿Super Nintendo?, en el que intercambié un número de la Revista Pokemon de la Nintendo Acción, si mal no recuerdo, con numerosos trucos  sobre las primeras entregas del videojuego, por una GameBoy con Pokemon Rojo. Creo que salta a la vista quien salía ganando con el cambio… Inicialmente el intercambio iba a durar unas 48 horas pero, evidentemente, mi amigo se dio cuenta de la trampa (Me gusta pensar más eso que pensar que me la jugó, aunque esto último creo que es lo más probable) y me exigió que tras unas 12 horas le devolviera la consola porque sus padres no estaban de acuerdo con dicho intercambio (Y porque probablemente habría ya copiado aquellos trucos que le interesaban…). Fue fugaz pero bonito. Durante ese breve periodo de tiempo pude conseguir la medalla de Brock y dar mis primeros pasos en el Mt. Moon. Para mí más que suficiente.

Después tuve que esperar hasta Pokemon Oro y Plata para poder volver a jugar, en este caso ya con el beneplácito de unos padres que habían decidido regalarme por mi buen comportamiento (Y por pesado) una GameBoy Color con el videojuego. El hype que tenía con esta nueva generación era exagerado, alimentado porque pude probar de primera mano los nuevos títulos gracias a un amigo que se había hecho, no me preguntéis cómo con tan solo nueve años y en aquella época, con una versión japonesa del videojuego. Los colores, las nuevas criaturas, los nuevos territorios para explorar, las nuevas mecánicas… Todo ello me parecía maravilloso. El hype fue tal que cuando fuimos a comprar la consola «a la ciudad» no pude esperar a llegar a casa para probar mi nueva adquisición y me pasé todo el viaje de vuelta a casa en coche jugando a mi recién adquirido Pokemon Plata (Sí, siempre fui más de Lugia, sobre todo tras la segunda película de Pokemon), con el fatal desenlace que todos os podéis imaginar de una persona que tiende a marearse en el coche con tan solo ver durante unos segundos una pantalla…

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Olvidando ese pequeño percance, por fin pude cumplir mi sueño: Empezar mi aventura Pokemon, esta vez sí que sí con todas las de la ley. A contraposición de mis amigos, fui una de esas pocas personas que escogió a Chikorita como su Pokemon inicial (Del mismo modo que escogí a Bulbasaur en Pokemon Rojo, llamadme hipster). Con lo aficionado que soy de todo lo jurásico el poder controlar un Brachiosaurus tipo planta se me hacia una idea de lo más apetecible. Y los meses siguientes fueron los meses de Pokemon. Prácticamente era a lo único a lo que jugaba por lo que no es de extrañar que en poco tiempo ya hubiese completado la zona de Johto e iniciara mis aventuras por Kanto. A las puertas del Mt. Plateado, y del final de esta aventura, tenía un equipo Pokemon de los más variopinto. Mi «dream team» estaba encabezado por mi Pokemon favorito, Poliwrath, acompañado por Meganium, Gengar, Dragonite, Houndoom y Rhydon. Y entonces llegó uno de los momentos más épicos que jamás he vivido en la historia de los videojuegos y que (Spoiler) traeré próximamente a la sección ¡Inolvidable! El combate Pokemon «definitivo», del cual me reservo los detalles para la futura entrada.

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Finalizado el arco argumental de Pokemon Plata empecé a intentar completar la Pokedex, logrando, años después en mis últimos compases con GameBoy, una colección de 240 ejemplares. Me quedé a las puertas de obtener el diploma de Game Freak, pero nunca lo llegué a conseguir más por mi desinterés en el título con el tiempo que por la dificultad que entrañaba, pues los Pokemon que me quedaban eran bastante comunes.

Pero antes de todo esto, mucho antes de dar cierre a esta segunda generación, le di mi primera oportunidad al multijugador. El verano de 2001 fue el verano de Pokemon y en mi pueblo, niño de mayor o menor edad que veías, niño que tenía una GameBoy y estaba dispuesto a combatir o a intercambiar Pokemon si alguna de las partes aportaba un Cable Link. Para tal fin mi hermano y yo compramos un Cable Link «no oficial» al que le sacamos bastante punta y el que aún conservo con cariño. Esta esfera social que se creó alrededor de Pokemon era maravillosa. Ese nexo común llamado Pokemon era una semilla muy potente para forjar nuevas amistades. Un videojuego capaz de unir a personas totalmente distintas y que enseñaba valores de lo mas encomiables pues, ya no solo hablo de realizar intercambios y compartir de este modo Pokemon, sino de todos los combates con terceros que realicé durante aquella época que , lejos de la tóxica competitividad del panorama actual, se hacían desde el respeto y en los que, tanto vencedor como perdedor, finalizaban la lucha con un sentimiento de satisfacción, sin enfados y con ganas de mejorar. Sin duda un buenísimo recuerdo que nos ha legado Pokemon a todos los que pudimos disfrutar los primeros pasos de estos entrañables monstruos de bolsillo. Además, durante este verano, me pude hacer también con una copia de Pokemon Rojo y de Pokemon Amarillo completando de este modo las tan ansiadas aventuras de Kanto que conocí los años previos.

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Hablando de combates o duelos como anécdota subrayar un enfrentamiento que tuve con un amigo de mi hermano, bastante mayor que yo, y que me dejó atónito pues no comprendía lo que sucedió durante el mismo. El combate lo hicimos con los cartuchos de la primera generación y hablar de Pokemon Rojo/Azul/Amarillo (Y también de Pokemon Plata/Oro/Cristal) es hablar de glitches. No voy a profundizar mucho en este tema, tan concurrido en la comunidad, pues daría para, como mínimo, toda una nueva entrada. Uno de los glitches más famosos era el del «Pokemon» Missigno que, en cierto modo, corrompía los datos del propio cartucho haciendo posible lo imposible (O eso tenía entendido yo) ¿Y por qué hablo de Missigno? Porque, tras haber sudado sangre derrotando al equipo Pokemon del amigo de mi hermano utilizando cartuchos de la primera generación, equipo capitaneado por un durísimo Charizard nivel 100, cuando la victoria era prácticamente mía, se sacó un as de la manga y salió al campo de batalla un Gengar nivel 846. Sí, nivel 846, no me equivoco y siempre recordaré ese número. Evidentemente tal monstruosidad barrió por completo a mi equipo y me dejó con cara de tonto. Su explicación fue que consiguió ese Pokemon gracias a la corrupción de Missigno. No sé si sería eso o emplearía algún que otro cheat, pues era el típico chaval que tenía conocimientos sobre informática y electrónica, en especial con relación a los videojuegos, algo de lo que no podía presumir casi nadie de un pequeño pueblo como lo era el mío, y desconozco si pudo o no en aquel entonces modificar su cartucho de Pokemon.

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Y después de aquel intrépido verano el fenómeno Pokemon, del mismo modo que llegó se esfumó. La moda había pasado y aquellos que verdaderamente disfrutábamos de los videojuegos de Pokemon empezamos a ser señalados por aquellos que un día fueron nuestros compañeros de aventura, de duelo y de intercambio. Un final realmente triste para un fenómeno tan apasionante como lo fue este fenómeno Pokemon.

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Y después, con GameBoy Advance, llegaron Pokemon Ruby y Pokemon Zafiro y con ellos la tercera generación Pokemon. Para mí la generación de la discordia. Pero de esto hablaremos en futuras entradas.

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